18 December, 2014

La urgencia de cambiar el discurso

La urgencia de cambiar el discurso, por Maria Carolina Cortés - Dattis.

¿Qué tan fácil cree que es interpretar el ritmo de una canción solamente dando golpes sobre una mesa? De entrada no parece nada complejo, pero cuando Elizabeth Newton, PhD en sicología de Stanford hizo el experimento de juntar parejas, una encargada de repiquetear (repiqueteador) el sonido y la otra de adivinar la canción (oyente), identificó que tan solo 1 de cada 40 lograron replicar la canción de manera cercana a su ritmo inicial, y tan solo los oyentes adivinaron el 2,5% de las melodías interpretadas.

El experimento, relacionado en un reciente libro de Chip and Dan Heath, demuestra varias cosas. La primera, que es complejo ser transmisor exitoso de un mensaje, independiente de cuál sea. La segunda, que la tarea de ser oyente tampoco es fácil porque implica conectarse con quien se comunica con nosotros. Pero la tercera, y sin duda la que es objeto de este editorial, es que a la gran mayoría nos persigue la llamada maldición del conocimiento, es decir, a las personas nos cuesta recordar cómo eran las cosas cuando no las sabíamos.

Aquellos que debían imitar el ritmo de la canción tenían la melodía en su cabeza y les parecía obvio que la estaban interpretando correctamente, es más, pensaban que era poco inteligente que los oyentes no la adivinaran con facilidad. Esto sucede todo el tiempo, quienes deben transmitir un mensaje parten del supuesto de que el otro sabe de qué les hablan, y en ese momento es cuando la comunicación falla.

De ese ejemplo ilustrativo, y por cierto algo banal, partirá un breve comentario sobre el discurso de paz en nuestro país.

Ad portas de terminar el 2014, la expectativa de continuar y de concluir exitosamente el Proceso de Paz se acrecienta. La palabra paz se oye cada vez más entre los círculos de poder, pero ha permeado en el ADN de todos, sin distingo socio-económico. Medios de comunicación, negociadores, compañeros de trabajo, conductores y madres cabeza de hogar utilizan la anhelada palabra de tres letras sin entender de fondo su significado. Sin ninguna pretensión de dar una explicación académica o enciclopedista del término, la paz en Colombia se ha definido, de manera algo simplista, como la ausencia de conflicto, o como la eliminación de la llamada violencia directa relacionando ese significado con la firma de un acuerdo de paz, sin entender que el concepto comprende atacar las causas, raíces de la guerra y conseguir recomponer las relaciones entre actores.

La limitación conceptual proviene tanto del repiqueteador (autoridades, organismos internacionales, medios), como de los oyentes (ciudadanos). De acuerdo con los resultados expuestos por el Barómetro de las Américas del Observatorio para la Democracia, se denota que la mayoría de los colombianos tienen bajo entendimiento del concepto de negociación; anhelan indiscutiblemente la paz y apoyan el actual proceso; y tienen aparentemente una baja disposición para hacer concesiones políticas al grupo guerrillero. Esta posición podría responder 1) al bajo entendimiento que existe alrededor de lo que significa una negociación, y/o 2) a la ausencia de legitimidad de las FARC por sus siniestras actuaciones.

Con respecto al primer asunto, más allá de conocer el detalle del proceso, los colombianos ignoran el hecho de que en un acuerdo se busca balancear el poder y reordenar las relaciones y que, por consiguiente, la participación política es uno de los mecanismos para crear ese equilibrio en tiempos de post acuerdo. Como respaldo a tal afirmación, los resultados del capítulo de Colombia del estudio Barómetro de las Américas 2013, demuestra que más del 65% de los colombianos rechazan que las FARC conformen un partido político. Asimismo, existe desaprobación mayoritaria tanto a la posibilidad de abrirles espacios de representación, como a su participación en las próximas elecciones.

En ese sentido, es probable que aquellos sentados en la mesa de negociación, los estrategas detrás del proceso, o incluso los medios de comunicación, entiendan con claridad el concepto. Pero ese conocimiento no ha sido del todo transmitido correctamente a los ciudadanos, quienes oyen golpes esperanzadores sobre la mesa, como los participantes del experimento de Newton, pero no entienden de fondo el proceso.

El segundo asunto responde a la evidente falta de legitimidad de las guerrillas como actor político, debido a sus actuaciones ilegales y poco humanitarias (narcotráfico, secuestros, terrorismo), pero también a la forma en que los otros actores han caracterizado discursivamente a las FARC. Es decir, en un contexto de lucha frontal contra la guerrilla, los términos de terrorista y enemigo son comúnmente empleados. Sin embargo, en contextos de negociación y de post acuerdo el léxico debe cambiar, porque en procesos de desarme, desmovilización, pero sobretodo de reintegración, ya no existen contrarios sino actores del conflicto que buscan volver a ser parte del tejido social.

Sin embargo, esa lógica de cambio del discurso es casi imposible hacerla cuando se negocia en medio del conflicto. Es decir, los responsables de la seguridad nacional deben mantener las acciones de defensa y ataque, y a su vez tienen la responsabilidad de compartir con la ciudadanía estas tácticas como parte de la generación de confianza. Entonces, es complejo cambiar el discurso en medio de las negociaciones y dejar de hablar de enemigo cuando la guerra persiste.

Ese contexto de diálogo en mitad de guerra ha marcado el discurso y a su vez la percepción de los colombianos respecto a la paz. La evidencia muestra que los colombianos hablan de paz pero sin entender el concepto de negociación, es como si pretendieran que los guerrilleros simplemente se esfumaran. No hemos comprendido que una paz estable y duradera se fundamenta en lo que el reconocido académico Lederach denomina Just Peace (unión de justice+peace), es decir, en incrementar los niveles de justicia en las relaciones humanas (acceso a recursos, participación en decisiones, en transparencia en la información) y en reducir o eliminar la violencia; en cómo enfocarnos a desarrollar procesos de cambio y transformación; en lograr que el proceso no sea una solución temporal, un acuerdo parcial; en conclusión, en cómo generamos las capacidades necesarias para reconstruir relaciones.

Para llegar a ese punto no bastará con la firma de un acuerdo de paz, es indispensable transformar también el discurso y entender que la construcción de paz requiere: proyectos inclusivos; participación del sector privado en los procesos de reintegración; iniciativas que partan desde abajo, y que en ese camino solo se llegará al acuerdo cuando no se discuta sobre quién tiene la razón y quién está equivocado, sino cuando se discuta sobre la asertividad en el presente y nos demos la oportunidad de ver lo que podemos construir en conjunto a futuro.

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