14 May, 2015

La verdad sobre el rostro

La importancia del rostro

En cierta ocasión le pregunté a mi hijo de once años acerca de su asignatura favorita en el colegio. Me respondió que la Historia. Luego, al indagar cuál le aburría más, dijo que Democracia y Valores, mas no por la materia en sí (tan necesaria además en estos tiempos), sino debido a la profesora, pues, añadió el niño: “Ella tiene cara de palo, y actúa como si fuera un robot, o sea, nada la emociona”. En mi experiencia como consultor en comunicaciones, he visto muchos directivos y voceros con esa misma “cara de palo”, y después de mucho investigar sobre el tema, he llegado a la conclusión de que la misma se debe a tres factores esenciales:

1. La persona es su rostro: Cuentan que en una ocasión el presidente Abraham Lincoln estaba buscando gente para su Consejo de Ministros. Le sugirieron a una persona, sin embargo, Lincoln la descartó rápidamente porque no le gustaba su cara. Cuando lo cuestionaron por semejante afirmación, se defendió afirmando que: “A partir de los cuarenta años, toda persona es responsable de la cara que tiene”. Y esto es muy cierto.

Incluso, me atrevería a decir que desde mucho antes de los cuarenta somos responsables de nuestra cara, porque en ella fijamos expresiones características como reflejo de nuestra personalidad o de lo que queremos proyectarle al mundo. Así es que algunas personas siempre tienen rostro de sufrimiento y por eso se la pasan diciendo: “Me va mal”, “No tengo suerte”, “Mi vida es bien dura”.

Y sí, con el paso del tiempo el cuerpo acepta estas afirmaciones y las transforma en un cáncer, inflamación de colon o cualquier otra enfermedad. Hay quienes plantean que son muy serios y a causa de ello suelen presentarse ante los demás con una expresión parca, con la cual dicen igualmente que están preocupados, o que se encuentran felices.

Una recomendación: si bien es cierto que todos podemos tener una expresión base en el rostro, ojalá hagamos uso de nuestra versatilidad expresiva y seamos capaces de “representar” varias emociones, porque el rostro es la ventana mediante la cual vemos el mundo y si siempre tenemos cara de sufrimiento, pues todo lo que veremos a nuestro alrededor se convertirá en eso.

2. Tus pensamientos, frecuentemente nacen de tu cara: ¿Qué es primero: la cara o el pensamiento? Muchas veces, es primero la cara. Cuando una persona coloca una expresión determinada en su rostro, por ejemplo, de preocupación, inmediatamente acudirán a su mente pensamientos relacionados con ello; es decir, la cara puede convocar a los pensamientos.

Para muchas personas resulta difícil ver un asunto o problema desde una perspectiva diferente desde la que lo han enfocado, y esto sucede, en gran parte, porque no son capaces de cambiar la cara con la que lo ven. Si tan solo probaran otra expresión, enseguida vendrían pensamientos distintos. Y esto es así porque aunque sea nuestra tendencia cultural (“Pienso, luego existo”, nos dijo Descartes), a la mente y al cuerpo les cuesta bastante actuar por separado.

Algunos estudiosos contemporáneos del manejo de las emociones en la escena teatral, hablan de que los actores trabajan desde un cuerpo-mente, que les permite estar presentes en el escenario con la totalidad de su ser.

El ser humano, en cualquier situación comunicativa, para ser creíble, necesita hacer corresponder su lenguaje verbal con el no verbal.  Mente, cuerpo, voz y palabra deben actuar en perfecta sintonía para conseguir ese estado de presencia en el cual nos volvemos UNO con lo que decimos y con la manera como lo expresamos. Pero si luchamos contra el estado natural de las cosas -por ejemplo, intentamos felicitar a nuestro equipo de trabajo por una tarea realizada con excelencia, pero nuestra cara no refleja la alegría que esto nos produce-, perderemos credibilidad y empatía.

Esta última situación la he visto en muchas personas. Por aquello de que “yo soy el jefe” y debo evidenciar seriedad, se olvidan de proyectar humanidad y efectivamente, se vuelven como robots (aunque cabe decir, en defensa de estos últimos, que ya se están produciendo algunos prototipos capaces de representar determinadas emociones; claro que, todavía no pueden empatizar con los seres humanos).

3. Con el rostro contagiamos o nos contagiamos de emociones: uno de los hallazgos más significativos en el campo de la neurociencia afectiva lo realizó un laboratorio de investigación italiano en los años noventa. El Doctor Giacomo Rizzolatti y su equipo descubrieron las neuronas espejo, unas células del cerebro especializadas en la empatía, en hacernos comprender las intenciones de los demás así como sus sentimientos. Dichas neuronas se activan, entre otros mecanismos, a través de la imitación de conductas y expresiones.

Pensando en el rostro, si uno coloca una expresión de alegría en el mismo, y otra persona se acerca a este individuo, probablemente imitará dicha expresión y también se sentirá alegre. Lo mismo ocurre con otras emociones. Por eso, muchas veces nos sorprendemos imitando la cara de otra persona en el instante en que nos está contando algo. También lo hacemos cuando vamos al cine y vemos el primer plano de un actor llorando (frecuentemente, nos corre también una lágrima por el rostro en ese momento).

Dentro de los múltiples aportes realizados por esta investigación, está la consideración de que las personas que al crecer desarrollan una gran capacidad para simular las emociones de los demás mediante una adecuada representación de las mismas, por ejemplo, en su cara, suelen convertirse en individuos con excelentes capacidades de interacción social y desarrollan una gran capacidad de conexión con sus semejantes. Si pueden imitarlos, pueden sentirlos; si pueden sentirlos, pueden entenderlos, ponerse en su lugar y contagiarse de sus sentimientos. Pero también pueden, al ser precisos en la interpretación de una emoción en su cara, contagiar al otro de la misma. Las neuronas espejo, para activarse, necesitan reconocer con claridad lo que hace o está expresando el interlocutor.

 

Así pues, lo dicho por mi hijo respecto a su profesora posee todo el sentido del mundo. “Ella tiene cara de palo, y actúa como si fuera un robot, o sea, nada la emociona”. Es decir, en su cara refleja una personalidad poco emotiva, seria, distante. Por eso la clase debe ser rígida, y sólo tiene en cuenta una mirada acerca de los temas que aborda (con una expresión poco cambiante, es casi imposible tener pensamientos diversos).

Por otra parte, no establece empatía con los niños, porque su rostro no los refleja, y ellos, alegres e inocentes, están creando los mecanismos para bloquear la entrada de semejantes expresiones en sus cuerpecitos. Se defienden intuitivamente.

En el futuro deberán aprender a hacerlo racional, emocional y físicamente. ¿Cómo? Con un rostro flexible, expresivo y que refleje las emociones que desean provocar en los otros y en sí mismos. ¿Tendrán que volverse actores para ello? Casi… A fin de cuentas, parafraseando a Cicerón, todo buen comunicador es, desde casi todos los puntos de vista imaginables, simplemente un actor al que se le conoce con otro nombre.

Adyel Quintero Díaz

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